Las Gordas de Nimoy en el Paraíso de la Virtualidad

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Por Silvia Meave 

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© Leonard Nimoy. The Full Body Project.

© Leonard Nimoy. The Full Body Project. Photo used with permission.

Sin proponérmelo, encontré en un diario catalán en línea un reportaje gráfico sobre la faceta de retratista del actor Leonard Nimoy en la que busca recrear la fascinación del colombiano Fernando Botero por la gordura.

Cinco impúdicas mujeres obesas y alegres posaron ante la cámara del señor Spock de Viaje a las Estrellas para decirle al planeta tierra que la edad, la celulitis, la lonja y los pechos caídos no son obstáculo para ser sexy.

La sincronicidad de este hallazgo cibernáutico estuvo en un programa de televisión que vi apenas una hora antes, en el que la conductora mexicana Lolita de la Vega, haciendo de su vida un informercial, se dedicó a promover las bondades de las cirugías estéticas y las dietas que ofrece en su nuevo negocio bendecido por el vocero del Episcopado en México y “amadrinado” por la ex primera dama Marta Sahagún.

No tiene mucho caso obviar que el concepto de belleza es relativo; pero definitivamente hay algo de sadomasoquismo en el juego social con respecto a la estética de la salud.

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© Leonard Nimoy. The Full Body Project.

© Leonard Nimoy. The Full Body Project. Photo used with permission for cultural purposes.

Desde luego, Nimoy sólo cumple con reivindicar a las gordas olvidadas por el sueño anoréxico de la moda mediática: las mujeres normales invariablemente nos veremos pasadas de peso frente a la cámara imprescindible del mundo virtual… Sin embargo, el afán de Lolita de la Vega de redimensionar los estragos del tiempo y los excesos alimenticios sobre la salud de miles, si no es que millones de mujeres que se debaten entre aceptarse bellas como las gordas de Nimoy e intentar rectificar el camino en aras de una estética de la salud, logró encender en mi mente la señal de alerta de lo que representa, hoy en día, el problema de la obesidad que puede tener su encanto desde ciertos puntos de vista.

Lolita de la Vega ofrece -presuntamente con base en su experiencia personal- un cambio radical de vida a quienes en el filo de la tercera edad y con todos los achaques propios de enfermedades relacionadas con la obesidad y sedentariedad anhelan recuperar la fuente de la juventud en liposucciones, masajes y dietas naturistas.

Sin discusión: Cada quien hace su lucha como quiere o puede. Y por supuesto, ya sabemos que es uno de los problemas de salud pública más importantes a nivel mundial y que los gordos desnutridos lo mismo deambulan en países primermundistas que en los más pobres y que no hay mucha diferencia entre el estado físico de un gordo profesionista adinerado y un obrero que se aplatana 12 horas continuas frente a la maquinaria industrial para recibir un salario que apenas le alcanzará para comprar comida chatarra que medio llenará día a día su panza y la de su familia.

Ambos personajes padecen por igual las consecuencias de la diabetes y a final de cuentas el deterioro de su salud costará lo mismo a la productividad social y al Producto Mundial Bruto.

Pero he aquí que a pesar de todo el dinero y los esfuerzos que invierten los gobiernos del planeta por crear conciencia en la población para mejorar su alimentación y forma de vida con el fin de paliar la epidemia de la obesidad y sus enfermedades, no parece haber mucha escapatoria para la humanidad de convertirnos literalmente en marranos tecnológicos… O por lo menos ése es el panorama que pintan acuciosos nutriólogos e investigadores científicos que ya definieron claramente el planteamiento del problema, pero no aportan una solución real de corto plazo para el aforismo de “somos lo que comemos”.

Esto, debido a que de acuerdo con investigaciones científicas, las grasas trans o grasas vegetales hidrogenadas en que se basa la manufactura de la mayor parte de nuestros alimentos son malísimas para la salud y van a acabar con la población humana porque vuelven infértiles a las mujeres.

Según los científicos, los lácteos industrializados no son tales y no aportan el calcio requerido, los embutidos son químicos con sabor a carne y las carnes tienen altas dosis de conservadores, antioxidantes y abrillantadores que las hacen altamente tóxicas y el azúcar de caña está contaminado por los insecticidas aplicados a los cultivos.

Ya no hablemos de las frituras y los refrescos o sodas que son el equivalente a la basura en un porquerizo -según los investigadores-, mientras que los panes contienen antimicóticos dañinos…

De los endulzantes artificiales ya mejor ni hablamos. En medio del apocalipsis alimenticio, los científicos sugieren incrementar el consumo de frutas, verduras y agua, pero no nos aclaran si los transgénicos que podemos comprar en las tiendas van a reventar nuestras entrañas y si el agua monopolizada a nivel internacional por empresas como Coca Cola es realmente esterilizada y libre de agentes patógenos.

Y aunque no tengo evidencias para suponer de que los científicos apocalípticos tengan nexos con las empresas de productos orgánicos y judíos Kosher tan de moda, o que ganen una comisión por promoverlos, volví a mis raíces nietzscheanas y sólo concluí que lo que no nos mate nos fortalecerá como especie, y aunque no creo que ser gordo sea algo de lo cual uno pueda regodearse ni en la intención estética, imaginé de pronto a la última mujer “saludable del planeta”, una anoréxica que para huir de la obesidad y sus secuelas en busca de una longevidad de ciencia ficción hollywoodense, se adentra en un bosque semideforestado y encuentra un hongo silvestre que se apresura a devorar extasiada sin darse cuenta de que era venenoso. Ω

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Silvia Meave es periodista y escritora. Actualmente es Directora General y Editorial de TribuAmericas CommContents, Ltd. y colaboradora de Examiner.com, entre otras publicaciones.


 

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